Sandra Xinico Batz (1986, Patzún, Chimaltenango) Antropóloga maya K’aqchikel, engasada con las letras, empecinada por la historia y obstinada en que se escuche nuestra voz, la voz de los pueblos.

El 2014 fue el primer año que asistí al Festival Folklórico Nacional “Rab’in Ajaw”. Llegué a Cobán dos días antes de la elección final. Viajamos junto al grupo de danza Oxlajuj Baktun, un grupo de jóvenes q’eqchi’ provenientes de Lancetillo, Zona Reyna, Uspantán, Quiché. Al ser sus acompañantes, pudimos acceder a las distintas actividades que se llevan a cabo en torno a la elección de la “Hija del Rey”, una celebración que se realiza en el marco de la feria de Cobán, en “honor” a Santo Domingo de Guzmán. (Claramente, tiene influencia cristiana).

Así conocí de qué se trataba este festival, que no sólo reúne a las representantes de cada municipio del país, sino también a una gran cantidad de artistas mayas, entre músicos y danzantes. Quienes no fuésemos candidatas a Rab’in Ajaw pero sí participantes del festival nos hospedamos en un recinto religioso muy famoso en Cobán, nos tenían habilitados los baños, el comedor y un gran salón donde dormimos en el suelo, sobre un colchón que “amablemente” nos otorgó la gente de logística.

Conocer artistas jóvenes mayas, fue la única experiencia que rescato del festival. Jóvenes talentosos, conscientes de su identidad, que buscaban y encontraban en Rab’in Ajaw, la posibilidad de un escenario para mostrar que su arte existe. Viajaban horas y horas para llegar hasta allí.

Pero… ¿de dónde surge este certamen y por qué algunas mujeres mayas sentimos un vacío cultural en él?

Un día antes de la elección final, cada una de las participantes presenta su discurso y viste sus “mejores galas”. Escucharlas es difícil, al menos esa fue mi impresión, pues los discursos parecen ser memorizados y todas comparten el mismo tono de voz, un tono impostado. Hermosos trajes desfilan frente al escenario (lugar donde la noche anterior fueron bendecidas las máscaras antiguas utilizadas por los danzantes) como antesala al gran día, donde se definirá a la representante indígena más “importante” a nivel nacional. Cada una debe contestar una pregunta asignada por los organizadores del festival, relacionada a temas como violencia contra las mujeres, discriminación, territorio, identidad, entre otros.

Los hermosos trajes se acompañan de una gran cantidad de adornos… que los sobrecargan como a una iglesia barroca. Cada una de las representantes lleva consigo tecomates, morral, incensario, canastas, cirios, piedras de moler, mazorcas, flores, elementos conjuntos que sólo se ven ahí, pues cotidiana y ceremonialmente las mujeres mayas no nos vemos así: sobrecargadas.

Se califica si saben hablar su idioma, si proceden de padres (ambos) indígenas, si “conocen” las costumbres indígenas, si visten sus trajes “típicos”, si tienen “buenos discursos” (aunque sean memorizados y repetidos) y si, durante los días del certamen, “saben comportarse” como indígenas. Si saben bailar el son de su pueblo, si no tienen nada “occidental o sintético”, si parecen indígenas…
Actualmente hay muy poca información documentada al respecto de este concurso. Al parecer este certamen fue una réplica del concurso originado en México “india bonita”, que Guatemala repite hacia la década de 1930. Es hasta 1972 que en Guatemala este certamen se llama a sí mismo “Rab’in Ajaw”1. Su impulsor fue Marco Aurelio Alonso y desde entonces cada año reúne a decenas de jóvenes mayas entre los 15 y 25 años.

Mi experiencia personal con los concursos de belleza

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Las mujeres nacemos condicionadas, social y culturalmente. Cuando tenía ocho años, en el pequeño colegio en el que estudiaba, fui electa “niña simpatía”, este era el cargo más bajo del concurso de “belleza escolar” y lo “gané”, luego de que mis compañeros de grado (la mayoría de ellas y ellos mayas) me propusieran como la representante de segundo primaria. Digo que era el más bajo porque se ganaba el concurso a través de la venta de votos; o sea, fui la niña que quedó en el tercer lugar en recaudación. Todas las demás que no lograron vender lo que nosotras, no obtuvieron ningún cargo. La calificación de nuestra belleza dependía de la aprobación de quienes tenían 25 len para comprar un voto.

A pesar de mi corta edad, me preguntaba cómo alguien podía pagar por la simpatía de otra persona. Claro, luego de averiguar qué (fregados) significaba la simpatía. Pero la simpatía nada tenía que ver en esto (en la realidad) ya que todos votaban por un reinado y ya cuando obtenías el tercer lugar, te enterabas que te tocaba el puesto de la niña simpática, debajo de la niña deportes y más abajo de la niña “luz del saber” (el nombre del irrisorio colegio).
Esta experiencia fue la primera que tuve relacionada a los concursos de belleza y el ser mujer/niña. Mi segunda experiencia con este tipo de concursos, surgió cuando me percaté (conscientemente) de que mi madre, había sido reina indígena de Patzún (nuestro pueblo) en 1976. En ese entonces ella tenía 17 años.

La encuentro en la cocina una mañana, converso con ella y le comento que escribiré este texto, ella me dice que le parece muy interesante, ya que el año en que representó a Patzún, ella junto a otras jóvenes (de diferentes lugares) decidieron no participar en el certamen, luego de que en Quetzaltenango ese mismo año, se reunieran convocadas por una organización indígena de este departamento que problematizaba desde entonces al festival como folklorista y discriminatorio con los pueblos mayas. Las jóvenes que viajaban de todas partes del país hasta Cobán eran hospedadas precariamente y no recibían un trato digno a pesar de que el comité organizador poseía los recursos económicos para hacer lo contrario. Así fue como mi madre no llegó a participar en el certamen.

¿Qué ha sido de ellas… de las representantes de los pueblos indígenas?

El relato de mi madre avanza. Me cuenta cómo una reina indígena representante de Comalapa fue secuestrada en los años 80. La noche en que desapareció no durmió en casa, pues sabía que el ejército la perseguía, se quedó en casa de unos familiares. Durmió esa noche entre un montón de sus primas. El ejército la encontró a pesar de todo. Bajaron del techo y levantaron a cada una; decían entre ellos « ¡ésta no es!» Mientras levantaban de entre sus ponchos a cada una, hasta que la encontraron. La agarraron y del pelo se la llevaron, acabaron con su vida.

La primera mujer indígena en ser diputada fue una ex Rab’in Ajaw (Ana María Xuyá Cuxil -“Hija del rey” 1982) y así como ella, otras mujeres han llegado a ser gobernadoras y diputadas para el parlamento centroamericano.

Como vemos, este certamen ha representado una posibilidad para las mujeres mayas, dentro de un contexto de machismo indígena y ladino, de transformar, de sobresalir y hablar. El liderazgo de las mujeres ha significado una trasgresión a los sistemas de opresión y durante el conflicto armado interno fueron cruelmente asesinadas como estrategia de exterminio.

Un certamen folklorizante

Nosotras seguimos siendo guardianas de nuestras culturas. Luchamos cada día contra la imposición. Tomamos y nos empoderamos de la historia. Seamos “reinas”, científicas, artistas, escritoras, madres, académicas, trabajadoras, ajq’ij, comunicadoras, cuentistas o lo que sea.

Sé que cualquier certamen “reconocido” con la Orden del Quetzal (que en 1998 fue otorgado a su creador, por la invención del mismo) y declarado “Patrimonio Cultural e Intangible de la Nación”, por el Ministerio de Cultura y Deportes (en 2010) como el actual “Festival Folclórico Nacional Rab’in Ajaw”, no es más que un concurso que posee los recursos económicos para repetirse cada año y que nunca se ha planteado a sí mismo como trasgresor del colonialismo. La identidad no se fortalece a través del folklor y de la estandarización de la “vida indígena” y los comportamientos y conductas que una mujer indígena debe tener para ser realmente indígena y calificada como tal. A pesar de que definen al concurso como diferente de los concursos de belleza ladinos porque no se califica la belleza física sino las “aptitudes”, para participar hay requisitos que las jóvenes deben cumplir para ser aceptadas, hay eliminatorias y puntuaciones, hay un jurado ¿entonces, cuál es la diferencia?

Los espacios para las mujeres son limitados y muchas mujeres líderes de sus comunidades han llegado a este concurso por ello a pesar de que es algo impuesto y que como cualquier concurso de “belleza” sujeta la apariencia de las mujeres a la opinión de los demás, sean estos indígenas, ladinos, mestizos o extranjeros.

El problema con esto es que la única oportunidad que como mujeres encontramos para hacernos escuchar, sea y siga siendo un puesto de reina o representante de nuestro lugar de origen. Considero que las mujeres, seamos mayas o no, debemos ir más allá de nuestra apariencia y de lo que los demás observen y “definan” de nosotras y sobre nuestra identidad.

El colonialismo hace ver aceptable la folklorización de nuestras culturas con tal de ser “aceptados” y “apreciados” por los otros. Es folklorizante definir la vida indígena como una lengua, un traje y saber bailar el son. Hasta militares y finqueros han estado vinculados con este concurso y también ha habido censuras hacia los discursos críticos que han cuestionado el ser del evento. Tanto mujeres como pueblos indígenas tenemos un gran reto en frente… dejar pasar (este tipo de cosas) o trasformar, trasgredir, cambiar esto, el ahora.

1Molina, Deyvid: “Apuntes históricos sobre los certámenes de elección y coronación de representativas indígenas de Guatemala”. Centro de Estudios Folklóricos de la Universidad de San Carlos, Guatemala, 2012.

Fuente: http://lahora.gt/india-bonita-rabin-ajaw/#prettyPhoto