Glenda Joanna Wetherborn

Académica y educadora popular afrodescendiente guatemalteca, Especialista internacional en Comunicación para el Desarrollo, Interculturalidad e Incidencia Política, en Guatemala, Centroamérica y El Caribe. Periodista Profesional y Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Universidad de San Carlos de Guatemala, Máster en Igualdad y Equidad para el Desarrollo, Universidad de Vic en Barcelona.

En todas partes del mundo existe riqueza cultural, pero no todos los Estados ni todos los gobiernos, promueven condiciones para garantizar el disfrute de derechos a todas las culturas. Predomina una,  minoritaria en número, pero con indiscutibles privilegios políticos, económicos y sociales.

La diversidad cultural ha tenido como expresión sistemas sociales cimentados en el clasismo y el racismo, que otorga calificaciones y subjetivaciones discriminando y marginando especialmente a poblaciones afrodescendientes, indígenas, migrantes y mestizas. De la colonización heredamos estereotipos y prejuicios que hemos aprendido y aplicado históricamente, dificultando comprensiones más acertadas y relaciones más justas.

Como afroguatemalteca, parte de las minorías por cantidad de población, veo que aunque en nuestro continente ha habido presencia negra desde hace casi 400 años, estamos frente a un entorno social, económico y político que niega la negritud, lo cual se traduce en abandono estructural del Estado, tendencias de discriminación y marginación.

Desde 1635 ya se registraba presencia negra en América. La población afrodescendiente proviene de etnias las africanas: Efik, Ibo, Fons, Ashanti, Yoruba y Congo, de las regiones costeras de África occidental, en lo que ahora se conoce como los Estados modernos de Costa de Marfil, Ghana, Nigeria, Camerún y Congo; y también ocurrieron desplazamientos desde Jamaica, Trinidad y Tobago y otros países del Caribe.

En tanto que la población Garífuna en particular, con presencia en Centroamérica desde 1796 y específicamente en Guatemala desde 1802, desciende de: Caribes Rojos, Arawakos y población negra africana.

Maíz pinto

De ahí que algunas personas negras nos identificamos como afrodescendientes y otras como garífunas. No es por divisionismo, sino porque así está integrada la población negra de Guatemala y aunque nos une una identidad colectiva y una realidad compartida, orientamos nuestros esfuerzos a la visibilidad y representación justa y equitativa.

Sólo en Centroamérica somos más de 2 millones de afrodescendientes, mujeres y hombres que estudiamos, trabajamos, aportamos y luchamos diariamente, hombro a hombro. Nuestras luchas por la inclusión tienen implicaciones que pasan necesariamente por una participación más amplia en la vida económica y política del país, el acceso a educación y salud con pertinencia cultural, trabajo, alimentación, vivienda, etc.

Muchas personas y organizaciones garífunas y afrodescendientes deseamos mejorar las oportunidades de desarrollo en nuestras comunidades, pero una de las más fuertes limitaciones es que no nos priorizan en los programas y estrategias de desarrollo humano y económico respaldadas por el Estado.

El color pesa, porque en nuestro contexto al color negro se le han atribuido significaciones nefastas, se relaciona con lo sucio, lo malo, lo corrupto y lo pecaminoso. Los términos peyorativos son muy fuertes, aquí te dicen “negro”, “negra” o “negris”, arrastrando todavía connotaciones despectivas. También nos llaman personas “de color”, como si el resto de la población fuera incolora. Por eso preferimos que nos llamen garífunas y afrodescendientes.

Porque predomina un pensamiento cromático que asigna valor y dignidad a cada persona y en particular a cada mujer, según el color de la piel. Aún hay quienes piensan que entre más oscuro es el color de la piel, más primitiva es la persona; y entre más primitiva, más abusable, más violentable y más cosificable.

Esas subjetividades nos agreden continuamente en espacios personales, laborales, académicos y aún en los movimientos sociales mixtos, donde también somos minoría y donde a veces nos quieren utilizar folklóricamente, que estemos en los espacios pero sin condiciones para incorporar nuestros planteamientos, experiencias, posicionamientos políticos, intereses y necesidades.

Las razas humanas no existen, el racismo sí. Somos comunidades, etnias, pueblos y culturas diferentes, poblaciones en diferentes partes del mundo que formamos la raza humana que es una sola e indivisible. Los medios no sólo relatan los casos de discriminación, en muchas oportunidades, fomentan la segregación de las minorías.

Es interesante cómo se asume la identidad cultural de acuerdo con la historia en cada país y en cada pueblo. En Guatemala un término todavía incipiente es el de Pueblos Originarios, pues hemos ido constatando que la expresión Pueblos Indígenas no es tan incluyente y algunas culturas no nos sentimos bien representadas en él.

Al fortalecer nuestras propias identidades y reconocer las otras, superaremos esas relaciones injustas y desiguales. A través de la visibilidad, participación y convivencia entre personas con diferentes orígenes, intereses, historias, cosmovisiones, culturas, creencias, edades, filosofías, sexos y situaciones económicas. Obligación fundamental del Estado,  responsabilidad compartida por toda la población.

Tenemos que superar la pasividad y el silencio.  Hay que hacer algo cuando se leen, se ven o se escuchan actitudes racistas y discriminatorias. Si no hacemos ni decimos nada, nuestra indiferencia se convierte en aceptación y en complicidad. Es hora de desterrar de nuestro vocabulario palabras y expresiones que denigran a las personas. Qué mejor si lo hacemos desde los medios de comunicación y difusión en los que tenemos espacios.